ENTREVISTA A PACO TITO

Posted on abril 17, 2009

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Paco Tito nos relata la peripecia de convertir el oficio de un humilde alfarero en arte sin salir de la tradición.

paco-tito-en-el-torno“Llevaba con la ilusión de crear un museo con mi nombre desde 1972”

El timbre suena con fluidez en el Alfar de Paco Tito e Hijo, que alberga el Museo Memoria de lo Cotidiano. En el barrio alfarero de Úbeda (Jaén), en la planta baja de su taller, Paco Tito recibe a turistas, vecinos y amigos que se colocan frente al torno para observar cómo el artesano mancha sus manos con barro.

Mientras crea cinco tinajas idénticas para su exposición, Paco Tito negocia con unos visitantes la venta de la figura de un lagarto hecho por él. Es una pieza única, pero los negocios no son lo suyo. Le cuesta más poner precio a una obra que plasmar su imaginación en barro.

A Paco lo que de verdad le gusta es hacer arte y enseñar a la gente su oficio centenario. Hoy ha sido una niña la que ha tenido la suerte de ser obsequiada con una hucha de barro (una alcancía según Paco) y nosotros los afortunados de estar en un museo en el que el artista es el guía.

Pregunta: A esta alfarería la gente viene, baja al taller, le ven a usted modelar. En pocos sitios el autor de las obras es la persona que te recibe a la entrada.

Respuesta: Esto es un museo viviente, aquí la visita llega y te ve hacer lo que ese día te toque hacer. Ven nuestro trabajo y ven las piezas que durante toda la vida han tenido su uso cotidiano en cada casa.

P: Y a usted le gusta atender a los visitantes.

R: La verdad es que me gusta. Agradezco mucho que la gente se acuerde de mi alfarería y vengan a visitarla. Por mi carácter me gusta que el público que viene hasta aquí sea bien atendido y se lleven un recuerdo grato, aunque luego no se materialice en una compra.

P: Este museo viviente está en el Registro Andaluz de Museos. ¿Qué supone?

R: Desde que estamos en el Registro Andaluz de Museos no hemos notado un incremento de visitas, pero poco a poco se irá notando. Sólo llevamos dos años como museo y no hay ningún indicador en la ciudad que guíe al público hasta este barrio de alfareros. Pero ya vamos apareciendo en las guías turísticas como museo de alfarería.

P: ¿Es más un reconocimiento?

R: Lo que más importancia tiene para mí, por la edad que tengo, es que ha sido un reconocimiento a la labor de mi vida entera. Para mi es muy gratificante que hoy esta casa lleve el nombre de Museo de Alfarería Paco Tito.

P: ¿Era un sueño de joven?

R: Yo llevaba con la ilusión de crear un museo con mi nombre desde el año 1972. No adquirimos el rango de museo hasta hace dos años, pero el contenido del museo lleva cerca de quince años funcionando. Las piezas que alberga la sala de arriba, el taller y el horno son centenarios.

Tantos alfareros como estábamos tuvimos que dejar de hacer cántaros.

P: Sus obras no solo son una oportunidad para usted, sino también para Úbeda. ¿Orgulloso?

R: La palabra orgulloso no me gusta, satisfecho sí. Me siento satisfecho de muchas cosas que han salido no sólo de mis manos, sino de las manos de mi hijo y mías. Esto es una labor de equipo. Todos necesitamos de las personas más cercanas, mi mujer, mi hijo, mi hija. Yo no me apunto ningún tanto. No me apunto el orgullo de nada, sino la satisfacción de mucho.

P: Pero las obras que están en las colecciones de la Casa Real y del Vaticano son las suyas.

R: Finalmente el que pone la firma es Paco Tito, pero detrás de esa firma hay otras manos también, hay que reconocerlo.

P: Un trabajo familiar que viene de lejos. Pero aunque esta cerámica ahora se destine a objetos de decoración, hubo un tiempo en el que serían utensilios domésticos.

R: Un tiempo cada día más lejano. En cada casa había que tener algún objeto de barro. El cántaro para ir a la fuente a por agua, la cazuela para comer toda la familia o el puchero para hacer la comida; cacharros que dejaron de utilizarse como consecuencia del progreso. La incorporación de otros materiales como el plástico o el duralex dejaron atrás al barro.

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P: ¿En qué época se produjo esa transición de lo cotidiano al arte?

R: A comienzos de los años 60 ya empieza el declive de este oficio. Empezaron a meter el agua potable dentro de las casas, con lo cual, los miles de cántaros que se hacían para ir a la fuente a por agua dejaron de hacerse. Tantos alfareros como estábamos tuvimos que dejar de hacer cántaros.

P: Entonces había que salvar el oficio.

R: Claro, pero hubo un tiempo en los que a este oficio no se le reconocía el valor artístico. No había nadie que lo valorase artísticamente y tampoco nadie que usara los cacharros. Un punto muerto; sin un uso ni otro, en el que no se vendía nada. Los alfareros de la época pasamos momentos sumamente difíciles.

P: Ustedes sobrevivieron.

R: Sobrevivimos atravesando fatigas y resistiendo a capa y espada.

P: ¿Hasta cuando atravesaron fatigas?

R: Hasta que el público más culto empezó a valorar nuestro trabajo. Tuvieron que venir de fuera, incluso del extranjero. Los primeros turistas que llegaban a Úbeda se quedaban asombrados al ver estos talleres centenarios y valoraron ese trabajo muerto. A medida que se va ampliando la cultura de la gente, el trabajo vuelve a resurgir y se le da otra utilidad diferente a las mismas piezas que se habían hecho toda la vida.

Los orígenes del horno pueden tener 600 años

P: El suyo es un oficio centenario. Cuentan con un horno árabe en funcionamiento; solo quedan seis en España.

R: Los orígenes del horno pueden tener 600 años. Después ha sido reparado centenares de veces como consecuencia del fuego y necesita un cuidado para encontrarse hoy en perfecto funcionamiento.

P: Habiendo nuevas técnicas, ustedes prefieren seguir con el horno.

R: Hay nuevas técnicas que te ahorran cantidad de trabajo innecesario. El resultado final puede ser más perfecto que lo que pueda dar el horno de leña. Pero esas técnicas no tienen el gancho, el atractivo y la tradición que tienen el seguir cociendo en el horno árabe. Los turistas prefieren ver este horno que uno moderno azul metalizado.

P: Hay una leyenda que dice que si una mujer que está con el periodo se sube encima del horno mientras está en funcionamiento trae mala suerte. ¿Hasta en eso respetan la tradición?

R: Eso son historias sin fundamento. También ha habido mujeres alfareras; de hecho, las patronas de los alfareros son Santa Justa y Rufina. No es que todas las mujeres suban a ver el horno cuando estamos cociendo, pero si alguna quiere subir no pasa nada.

P: Aunque se respete la tradición, ¿existe un punto de innovación?

R: Siempre intentamos ahorrar trabajos innecesarios. Innovamos en pro de la calidad final de las piezas que se cuecen. Hacemos alguna reformilla como quitarle el polvo al orujo antes de echarlo al horno. Pero poca más innovación.

El objetivo es mantener nuestro medio de vida y nuestra obligación de entregar un legado que hemos recibido.

P: ¿Y en lo artístico? ¿Innova respecto a lo que hacía su padre? ¿Y su hijo respecto a lo que hace usted?

R: Aquí juega un papel muy importante la imaginación y la creatividad del artesano. En nuestro museo no se hace solo lo tradicional, sino que se hacen otras cosas como esculturas o piezas de estilo surrealista que expresan lo más íntimo de las sensaciones que tiene uno dentro.

P: ¿Hay un buen relevo generacional?

R: Hay un buen relevo generacional que es Juan Pablo, mi hijo. Yo ya soy un jubilado. Paso mi tiempo aquí como distracción. Incluso los nietos ya apuntan maneras y se pringan de barro a su cortísima edad. Estamos intentando asegurar el relevo en el más sincero afán de que este oficio no acabe conmigo.

P: ¿Toda la familia con un mismo objetivo?

R: El objetivo es mantener nuestro medio de vida y nuestra obligación de entregar un legado que hemos recibido.

P: ¿Se considera usted un alfarero o un escultor?

R: Yo soy un artesano, que es una palabra muy bonita: arte y sano.

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P: ¿Por qué una colección de Quijotes?

R: Es una historia muy romántica. Desde que yo soy un adolescente me gusta mucho la escultura. Hace quince años, un día que acompañaba a mi mujer en un postoperatorio me dio por coger un Quijote y empezar a leerlo por cualquier capítulo. Así pase la tarde de domingo, y al día siguiente pensé en plasmar en barro la lectura del día anterior. Entonces me dio por hacer un Quijote, aunque antes ya había hecho algunos. Me gustaba y al que lo veía también le gustaba, así que lo vendí de momento. Hice otro y lo vendí. Eso son estímulos en el subconsciente que te empujan a seguir trabajando.

P: Y un día tuvo que de decidir no venderlos.

R: Decidí no vender más y juntar una colección para salir del compromiso que tenía con el museo López Villaseñor de Ciudad Real. Gracias a este chispazo divino, la colección de esculturas de Don Quijote que representan varios pasajes conocidos de la novela ha recorrido España entera en museos, salas de arte y casas de cultura.

P: ¿Es su mejor obra por la que puede ser recordado en un futuro?

R: No sé si seré recordado algún día, lo que si sé es que los Quijotes ya hablan de Paco Tito. Al decir Paco Tito inmediatamente se le atribuyen los Quijotes.

P: Otras obras como la estatua al Rey son símbolos de Paco Tito.

R: Es un trabajo del cual nos sentimos muy satisfechos. Cuando sus majestades vieron la escultura pusieron cara de sorpresa y de agrado y nos felicitaban a mi hijo y a mí. Fue un día que forma parte de nuestra historia.

Yo soy un artesano, que es una palabra muy bonita: arte y sano

P: En cuanto a la estatua de su padre. Impresiona encontrarlo sentado en la entrada de la alfarería.

R: Es un homenaje a título póstumo. Él no llegó a ver esa estatua, pero nuestra memoria, nuestro cariño y nuestra gratitud hacia mi padre nos hizo hacer esa estatua en terracota para que por los siglos de lo siglos esté presidiendo esta casa. Bien se ganó ese reconocimiento. Además, yo le concedo un mérito por ser de la materia que es; una terracota en esas dimensiones es muy difícil de conseguir.

P: ¿Quién le enseñó a esculpir?

R: El hambre me enseñó. Me enseñó la inquietud, el afán, el deseo de hacer arte. Ahora veo cosas que hice cuando era joven y pienso que era muy torpe. Pero poco a poco vas evolucionando y perfeccionando un estilo. En el momento que hacía esas obras pensaba que había hecho algo imposible, y es mentira. Pero es bueno que pienses que has hecho algo bonito y que te guste, porque es la única forma de continuar y seguir haciéndolo mejor. Y conforme vas comparando tu propia evolución más ganas tienes de seguir y mejorar lo que has hecho antes. Siempre mejorando sin pensar en que eres perfecto, aunque seas tan mayor como yo.

P: ¿Alguna vez ha pensado en asegurarse las manos?

R: No, mis manos no valen nada.

P: Valen sus obras.

R: Pueden valer mis obras, pero tampoco valen mucho.

P: ¿Qué le hace especial?

R: Yo no soy especial. Lo que tengo es mérito adquirido por todos. Yo quiero seguir siendo yo mismo, no voy a cambiar en mi vida. Si alguien ha reconocido que la alfarería se merecía el tratamiento de museo, bendito sea Dios. Pero no me lo apunto a mí, esto es de todos.

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